Cuando se tumba una estatua se atenta contra la historia o contra el arte – Arte y Teatro – Cultura



El filósofo, comunicador social, novelista, profesor y autor de libros de historia, Enrique Serrano, reflexiona sobre lo que significa el derribamiento de las estatuas históricas y qué deja de sano eso para las sociedades.

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¿Por qué se construye una estatua?

Es una forma de rememorar lo que definió a una sociedad determinada, y se construye fundamentalmente para que las generaciones posteriores tengan un referente, incluso material, que les sirva de patrón de identificación. Las estatuas han desempeñado un papel vivificante, hacen sólido y material lo que sería solo una historia olvidada y perdida en el anonimato.

Pero las estatuas se construyen en función de algo que ha salido bien, ¿o no necesariamente?

Son la constatación de la existencia, por ejemplo de una ciudad, que su fundador sea retratado, además en una actitud gallarda y sólida, de ninguna manera humillado ni reprochado, solo celebrando su existencia. No se han hecho jamás con otra intención que no sea la de identificar a alguien que hace muchos siglos o años realizó una proeza, una hazaña, fundamental para la sociedad.

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Pero en ese mismo orden de ideas, ¿cómo explicar entonces las estatuas inspiradas por la mitología griega, dedicadas a dioses que no existieron?

Las estatuas griegas lo que retratan son emociones, estados del alma, son formas de expresión con las que cada ciudadano se puede sentir más o menos identificado. Se admiraba el hecho de que se pareciesen a los seres vivientes y tuviesen pues las venas brotadas y actitudes como fruncir el ceño. O sea, que tuviesen un carácter, ¿no? Ese era el sentido de la escultórica grecorromana, que representa emociones y estados del alma, y que humaniza en buena medida la visión que el hombre tiene de sí mismo.

Pero, cuando cambian las circunstancias, y las sociedades ya no se sienten representadas por esas estatuas, ¿está bien que se deshagan de ellas?

Pues es un procedimiento violento. Yo creo que a una sociedad no se le puede impedir que se deshaga de ciertos personajes o de ciertas imágenes, por supuesto que no. Y lo ha hecho a través de los siglos.

Pero en realidad esto se conserva por tan largo tiempo que forma una imagen inconsciente, una cadena de pertenencia y de posibilidades, que se refleja en hombres, en leyendas, en historias, en un montón de expresiones, que van más allá de la pura materialidad de la estatua.

Porque además la escultura tiene esa fuerza especial de traer un poco a la vida, o por lo menos a una especie de sombra de vida, a seres y a emociones que alcanzan una cierta universalidad. Por supuesto que al revisar la figura se puede derribar su importancia, pero no es lo que se suele hacer.

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Pero en temas religiosos, muchos monumentos o construcciones, como la imponente catedral de Sevilla, la construyó la Iglesia católica sobre la mezquita que enterró debajo…

Sin duda. Una religión se impone superponiéndose a la otra. Y eso lo han hecho además todas. El islam sobre el hinduismo, en fin. Es una alternativa que no deja de ser violenta y no deja de recordar aquello que de todas maneras se está destruyendo. Si usted mira, incluso en Roma, ahí en el foro, hay una iglesia, Cosme y Damián, pero se ven de todas maneras la sombra y las columnas del templo de Diana sobre el cual está construida.

Esa superposición tiene un sentido simbólico, muy poderoso, pero no es una derrota absoluta. Tiene una enorme carga generacional, es decir, muchos individuos crecieron con la figura y estimando la figura, por ejemplo, esa de Belalcázar, o la del general Pedro de Heredia, independientemente de que el uno haya sido más cruel o más brutal que el otro. Son formas de asimilar la propia pertenencia y de tener una conexión con un origen.

¿Erigir una estatua, cuando la persona está viva, lo cual hoy está prohibido en Colombia, es un acto de vanidad, o es una afirmación histórica, o es una expresión artística?

El patrón para construir una estatua es que esté muerto el personaje y ojalá mucho tiempo atrás, porque el tiempo le da un aura de estabilidad, de un sereno olvido de todo aquello mundano y particular que haya hecho, y en cambio permite la exaltación de alguna virtud. Para eso se hacen las estatuas, para exaltar virtudes que ya no son solo de los individuos ya muertos, sino de los ciudadanos que quedaron, que de alguna forma están inspirados en ese propósito. Cualquier país, cualquier ciudad necesita sus héroes fundadores, sus actas fundadoras, un comienzo. Sobre todo tratándose del origen de una ciudad tan brutalmente hispánica como es Popayán, por ejemplo.

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Una escultura tiene una gran carga artística, cultural. La gente de Popayán, la gente de Cali se acostumbró a nacer, a vivir y a morir a la sombra de las estatuas de Sebastián de Belalcázar. Se dice que después de la de Popayán van tras la de Cali. ¿Se justifica que la efigie de Belalcázar sea revaluada de esta manera, hasta el punto de arrancarla de su pedestal, para que caiga descalabrado sobre el andén?

Nada justifica ni la decapitación ni la humillación pública de una figura histórica, a la cual le es completamente indiferente lo que entendamos hoy de ella. Pero lo que sí creo es que puede faltar exaltación de otros personajes. Probablemente los patrones de identificación para los grupos indígenas no son exactamente iguales que los del resto. El problema es que la inmensa mayoría del país, 98 %, 99 %, es criollo. Somos más parecidos a los que vinieron, que a los que estaban aquí. Nos identificamos más con el caballo, con el penacho, con la espada, que con el traje del indígena, que con las plumas, que con el bastón.

Es más, me decían en estos días que Belalcázar trajo a los guambianos, que son justamente los que ahora derribaron su estatua, del Ecuador, y ellos desplazaron a los pubenenses, que poblaban el valle de Popayán. En realidad, los que construyeron Popayán no fueron los conquistadores sino los colonos, imitando el patrón español.

Entonces, ¿quiénes son los llamados a identificarse con Belalcázar?

Pues los payaneses, es decir, los individuos que poblaron con lengua hispánica y morisca ese lugar construyeron las primeras casas e hicieron la tradición católica que caracteriza la ciudad. Belalcázar se parece mucho más a los curas y a los conventos y a los claustros y a todas esas cosas, o por lo menos se remite mucho más a ellos, que a las comunidades indígenas originarias que estuvieran ahí. Seminómadas casi todas.

Los españoles querían fundar emplazamientos permanentes, y lo hicieron, y entonces Belalcázar, Jiménez de Quesada, todos los demás, representan un poco ese anhelo de permanecer, de dejar una huella imperecedera. Y eso es lo que en buena parte representan las estatuas.

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De hecho, más o menos contemporáneamente y por mencionar ejemplos, en la vieja Unión Soviética tumbaron todo lo comunista, estatuas de Marx, Engels, Stalin. En España queda poco o nada de Franco, que gobernó durante 35 años e hizo la España de hoy…

También esa es otra cosa importante en la psicología colectiva. Las estatuas producen una sensación de cercanía, con el pasado, de conexión directa. Y eso es a lo que yo llamo el patrón identitario. Entonces por eso derribar estatuas no reconstruye nada ni reivindica tampoco nada…

Ni corrige nada…

Ni corrige nada, exacto. La historia es la historia con sus buenas y sus malas. El hecho de revisar las figuras históricas y de hacerles algunos reproches, o qué sé yo, incluso quitarlas de un determinado lugar, no borra la historia. Y además la historia no es solo del fundador, si ha sido bueno o malo, sino de todos los que vinieron con él, porque en realidad él representaba una cierta colectividad fundadora, colonizadora, que hizo el gran esfuerzo de quedarse y de vivir aquí.

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Otro ejemplo muy reciente es el del Estado islámico, destruyendo museos, imágenes, estatuas, obras de arte, huellas muy valiosas del pasado, que datan de muchos años antes de Cristo, porque el llamado ‘salafismo’ considera idolatría venerar estatuas y tumbas…

Exacto. Eso denota una relación enfermiza con el pasado. O sea, yo sostengo que cuando uno no tiene un patrón sólido de pertenencia, sino que es endeble en buena medida, pues se reinventa constantemente y rompe o ignora el pasado del modo más ramplón. En cambio, mira que en Europa lo que se hace es restaurar, conservar, se obsesionan por un pedazo de ladrillo, por un mosaico, y el Estado responde inmediatamente y la sociedad además aprueba…

El revisar las figuras históricas y de hacerles algunos reproches, o qué sé yo, incluso quitarlas de un determinado lugar, no borra la historia

Eso, más que por motivos políticos, es por motivos históricos, yo creería ¿no?

Exacto. Los motivos políticos, por definición, son coyunturales, mientras que los motivos históricos son, como te digo, de la psicología colectiva, de la pertenencia y de la identidad, factores decisivos en esa materia. Y por eso, sea que pensemos a favor o en contra, y tengamos una buena o mala imagen, de todas maneras, conservarlos es conservar parte del inconsciente valioso, fundante, que una comunidad determinada necesita.

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Ahora se comenta que quieren derribar el Belalcázar de Cali y al Cristóbal Colón de la plaza de la Aduana en Cartagena…

Lo curioso es que los radicales iconoclastas sí triunfan, se imponen por la vía de hecho, brutalmente, sin consultar a quien pudiera no estar de acuerdo, pero en el caso de Colón, pues habría incluso que quitar el nombre del país. Se puede esconder la estatua, trasladarla a un lugar más discreto, pero no con ello se borra la esencia de la pertenencia de país.

¿Qué podríamos decir que ganaron los indígenas del Cauca? ¿Están mejor que antes de tumbar a Belalcázar? ¿Los van a respetar más? ¿Van a afianzar su verdadera identidad?

Creo que ellos se sintieron reivindicados, pero lo curioso es que el resto no sabe qué pensar. Es decir, crearon una sensación de confusión que contribuye a la polarización de unos, que estarán de acuerdo, contra otros, que estarán en contra. No agrega nada, en un sentido explícito, ni en su propio beneficio, ni a la concordia nacional, que al fin y al cabo es de lo que se trata para vivir en paz.

Como digo, sería mucho más pertinente e inteligente agregar personajes indígenas, no sé, destacarlos en la misma condición honorífica de los personajes hispánicos. Pero negar lo hispánico es una pasión autodestructiva. Sería como si en Washington se derribasen las estatuas de los padres fundadores de Washington, etcétera, y se pusiesen los nombres de los caciques iroqueses. Pero, de todas maneras, se trata de una forma de violencia.

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Esta ola, ojalá pasajera, contra las estatuas, los monumentos, es prima hermana de ese prohibicionismo de utilizar signos religiosos que puedan, digamos, herir susceptibilidades en una oficina pública, o, como le pasó al Presidente cuando mencionó a la Virgen de Chiquinquirá en un trino? ¿Es prima hermana de esa intolerancia?

Sin duda. Es una laicidad fundamentalista y una patente de corso para una iconoclastia mucho más institucional. En nombre de un secularismo un poco fanático y exagerado, que desconoce lo que la gente ama, lo que la gente considera propio. Eso es una forma de violencia simbólica.

Además hay una población colombiana mayor de cincuenta años, relativamente grande, que creció con símbolos que le crearon pertenencia de una determinada manera. Y que no se siente bien abandonándolos, y sería una violencia contra ellos que se los obligara a hacerlo. Es decir, una guerra generacional, porque la laicidad radical y esta iconoclastia contra las imágenes históricas es de una generación, es de personas en general menores de cuarenta años. A los de cuarenta para arriba, incluso muchos de treinta para arriba, no se les ha ocurrido nunca semejante cosa.

MARÍA ISABEL RUEDA
Especial para EL TIEMPO

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