El reto: luchar para que el pico sea menos fuerte que los pronósticos | Economía



El mensaje, encabezado por la palabra ‘atención’ en mayúsculas y con signos de admiración, apareció en la red social Twitter en la tercera semana de mayo. “Se descubre cartel del covid y tenía que ser en Barranquilla”, señalaba el texto, para concluir a renglón seguido que “los hospitales reciben mucho más dinero por cada fallecido”.

(Cifra de fallecidos por coronavirus en Colombia superó los 5.000). 

Así la información le parezca absurda a la mayoría de los lectores, todo indica que más de un ciudadano le dio credibilidad tanto a esa como a otras afirmaciones que llegaron por Facebook o por cadenas de WhatsApp. Mientras la capital del Atlántico experimentaba un alza en la curva de casos de personas enfermas por coronavirus, en diferentes barrios se propagó la versión de que las alarmas de las autoridades no tenían base real o que había una verdadera conspiración para contaminar a personas sanas.

(Curva de contagios de Covid aceleró su ascenso en Colombia). 

Sea cual sea la razón, el hecho es que las autoridades empezaron a notar que al sistema de salud llegaba gente que llevaba días con síntomas serios, pero que se había negado a consultar a un médico. Muchos de esos arribos tardíos tuvieron como desenlace la muerte del paciente, algo que sirve para explicar por qué el índice de fatalidad en la zona metropolitana casi duplica el promedio nacional.

En respuesta, la alcaldía decidió pasar a la ofensiva. “Pusimos en marcha una estrategia para buscar activamente a los mayores de 60 años, en donde están tres cuartas partes de los fallecimientos, a pesar de representar apenas el 17 por ciento de los positivos”, explica Jaime Pumarejo, el mandatario barranquillero.

(¿Quiénes pueden ir al trabajo en cuarentena localizada?). 

Con la ayuda de varias bases de datos y por cuenta de 4.000 llamadas diarias, en las pasadas dos semanas el programa permitió contactar a 12.000 ciudadanos y hacerles seguimientos a cerca de un millar que declararon tener tos seca o fiebre, que sugieren la presencia de covid-19. Aquellos que se encuentran en condición de vulnerabilidad reciben apoyo alimentario junto con sus familias.

La estrategia comienza a rendir frutos. Aunque faltan semanas antes de que en la cuarta ciudad más grande del país se apaguen las alarmas, la ocupación de camas en unidades de cuidado intensivo comenzó a bajar y diferentes señales apuntan a un descenso en los contagios. “Empezamos a ver la luz al final de este túnel”, dice Pumarejo.

REALIDADES DISTINTAS 

Ejemplos como el de arriba confirman que no basta con asumir actitudes defensivas para contener la pandemia. Dicha lección es fundamental, sobre todo ahora que las estadísticas muestran que el temido pico de contagios comienza a empinarse en Colombia.

Los modelos que usan los especialistas dicen que en las próximas cuatro a ocho semanas tendrá lugar el punto más alto, tanto en casos positivos de coronavirus como en muertes, las cuales podrían llegar a triplicar los números más recientes. La evolución que muestran Bogotá y Cali, combinada con el salto que se observa en Medellín o Montería, además de un buen número de poblaciones adicionales, hacen pensar que viene lo más difícil.

Eso quiere decir que la capacidad de clínicas y hospitales estará cerca del límite, comenzando con las unidades de cuidado intensivo. Sin desconocer que los meses pasados sirvieron para ampliar la infraestructura, adquirir equipos como los ventiladores mecánicos y entrenar al personal médico y de enfermería, la alerta roja dejó de ser un escenario teórico. Tal como subraya un conocedor del asunto, “ahora sí que toca cuidarse”.

Para aquellos a quienes se les anunció que volverán a una cuarentena estricta, la sensación de regreso al pasado es innegable. Las expresiones de desánimo entre aquellos que acataron las recomendaciones de quedarse en casa a lo largo de 110 días abundaban el viernes.

No obstante, la estrategia es diferente ahora, pues las realidades son muy distintas, dependiendo del lugar. Como señala Martha Ospina, directora del Instituto Nacional de Salud (INS), “hay muchas Colombias”.

De tal manera, existen puntos de la geografía en los cuales todo sugiere que la crisis quedó atrás. Un caso emblemático es el de Leticia, que hace un par de meses despertó grandes preocupaciones, por cuenta de su vecindad con Brasil y Perú.

Con cerca de 2.400 contagiados y un centenar de muertos, no hay duda de que la capital del Amazonas pagó un alto precio a raíz de la pandemia. Aun así, la catástrofe de grandes proporciones de la que se llegó a hablar no sucedió. Hoy en día, los nuevos enfermos se cuentan en los dedos de una mano y los estimativos sobre la tasa de reproducción del virus dan un valor muy inferior a uno.

Por otra parte, hay 450 municipios que no han registrado todavía su primer caso de covid-19. En consecuencia, están dadas las autorizaciones para que se reanuden la mayoría de las actividades suspendidas, incluyendo la prestación de servicios de restauración o la apertura de gimnasios, con los debidos protocolos.

Lo anterior implica que el menú de acciones en marcha es sustancialmente más amplio que en marzo, cuando se declaró el primer caso de covid-19 en el territorio nacional. Dependiendo de las condiciones particulares de cada sitio, las herramientas que se utilizan varían.

De tal manera, tanto en Leticia como en Tumaco –en donde también se redujo el ritmo de contagios–, el énfasis es no solo mantener la guardia arriba, sino hacer estudios de seroprevalencia (análisis a partir de muestras de sangre) para identificar si la conocida ‘inmunidad de rebaño’ está cerca de lograrse en algunas comunidades. Hay un par de pruebas –análisis de enzimas y quimioluminiscencia– desarrolladas para el entorno colombiano, que comenzarían a aplicarse pronto.

Una pregunta clave es qué proporción de las personas expuestas al virus acaban infectadas. Lo sucedido en la cárcel de Villavicencio y en el campamento de trabajo de Hidroituango sugiere que el número es cercano al 40 por ciento, pero esa es todavía una hipótesis. Contar con la respuesta será definitivo para calibrar los modelos epidemiológicos y predecir olas adicionales a la que ya viene.

Y es que más allá de la preocupación inmediata, todo apunta a que, así como hay focos de incendio que se apagaron y otros en plena actividad, en el futuro vendrán nuevas emergencias en aquellas ciudades que hoy presentan bajas incidencias del mal. La ventaja de que Colombia tenga tantos centros urbanos es que las urgencias no se presentarán al tiempo, sino que vendrán escalonadas, lo cual permitirá trasladar recursos y concentrar la atención en los puntos en donde se disparen las alertas.

CÓMO REACCIONAR 

La perspectiva de conflagraciones sucesivas es evitable si se hacen las cosas bien. Como se ha repetido hasta el cansancio, la mejor manera de ponerle freno a la propagación del coronavirus es que los ciudadanos cumplan los preceptos de distanciamiento físico, lavado de manos y uso de mascarillas.

Todavía es temprano para cantar victoria, pero hay ejemplos alentadores. Caldas y Quindío suman menos de 500 casos y una docena de muertes, a pesar de que son departamentos de alta densidad de población. La recolección de la cosecha cafetera en la zona, que atrajo a miles de trabajadores de otras áreas, no se tradujo en un salto en los positivos como temían algunos. Quienes han examinado lo ocurrido en la región dicen que la principal razón es que la indisciplina social es relativamente menor.

Falta, sin duda alguna, avanzar en una serie de frentes. El más crítico es la demora en la entrega de resultados, que se ha convertido en un verdadero cuello de botella, no obstante que en tres meses y medio el país pasó de uno a 89 laboratorios habilitados y elevó su capacidad de pruebas diarias a 24.000.

Aun así, un diagnóstico que llegue a las dos semanas de haber sido tomada la prueba hace toda la diferencia cuando se trata de aislar a los contagiados, sean sintomáticos o no. La probabilidad de que alguien que tenga el virus se lo pase a su círculo cercano o a otras personas se dispara si no se toman precauciones desde un comienzo.

Al respecto, existe la decisión de ampliar esa capacidad mediante el uso de robots en algunos lugares o agrupando muestras en zonas de baja positividad. La técnica, conocida como ‘pool screening’, ayuda a que la velocidad de procesamiento sea mayor y se ha usado en Colombia para hacerles seguimiento a otras enfermedades.

Bajar el tiempo que toma saber si un individuo dio negativo o no en su respectivo test –ojalá a 48 horas– es crucial para el éxito del programa de pruebas, rastreo y aislamiento selectivo sostenible, conocido como Prass. La iniciativa, que ya ha tenido algunos ensayos piloto, debería operar en forma en cuestión de semanas, algo que implica contratar a miles de personas para que les hagan seguimiento a los casos identificados o a los posibles.

Tal como pasa en Barranquilla o en Medellín, los primeros contactos son de carácter telefónico, pero dependiendo de la situación específica, puede haber visitas domiciliarias. En caso de que las condiciones de la vivienda no permitan la distancia entre el contagiado y su familia, se abre la posibilidad de llevarlo a otro sitio. Por cuenta de un modelo similar, países como Corea del Sur o Alemania lograron contener sus brotes a tiempo.

El esfuerzo de enganchar a tanta gente para que esté pendiente de la situación de miles de hogares en buena parte de la geografía no es barato y puede costar más de 20.000 millones de pesos al mes. Sin embargo, esa suma es muy inferior a lo que vale la atención de los enfermos.

Si de alternativas baratas se trata, tampoco hay que olvidar la pedagogía. Los cálculos de las autoridades hablan de que una quinta parte de los colombianos usan mal el tapabocas o sencillamente no se lo ponen. Dado el impacto que ese elemento de protección tiene en los contagios, no estaría de más insistir en que las campañas de comunicación sean efectivas a la hora de cambiar ciertos comportamientos.

Tales reflexiones son válidas, a la luz de la difícil etapa que ya comenzó. Más allá de la cifra diaria de positivos y fallecimientos, lo importantes es seguir luchando para que el pico de la pandemia sea menos fuerte de lo que se pronostica. Una vez superada esta prueba, lo que procede es usar las lecciones aprendidas para que aquellos departamentos menos afectados sigan así.

Aunque no faltará quien caiga en el fatalismo y piense que no hay mucho que hacer, la verdad es otra. En distintas latitudes, las políticas adecuadas han servido para que los casos de covid-19 se reduzcan a un mínimo. Incluso cuando los rebrotes se presentan hay protocolos establecidos para reaccionar rápido, sin que la cotidianidad de la mayoría se afecte.

Aquí puede suceder lo mismo, en la medida en que haya compromiso y corresponsabilidad de la ciudadanía. Como dice el ministro de Salud, Fernando Ruiz, “tenemos una buena torre de control”. Ahora de lo que se trata es de usar la mejora en las fuentes información, el avance en la infraestructura hospitalaria y los métodos de prevención para que, en lugar de enfrentar una catástrofe, la mayoría de los colombianos pueda rehacer sus vidas. Ni más ni menos.

Ricardo Ávila Pinto
Analista Senior El Tiempo
En Twitter: @Ravilapinto

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