La radiografía que nos mostró el Covid–19 | Economía



Para prevenir el colapso de nuestra limitada capacidad hospitalaria y reducir el riesgo de tener una gran cantidad de contagiados sin atención médica, se optó por emprender unas acciones defensivas. Al igual que haría la abuelita protectora que, ante la amenaza de una tormenta, recomienda a sus nietos “que se queden en casa”.

En muestro caso fue una orden gubernamental de aislamiento social obligatorio y de suspensión de las actividades que no fueran indispensables para mantener el suministro de alimentos y los servicios públicos y de salud.

Con la cuarentena, sin embargo, no logramos prevenir el contagio de más de 30.000 colombianos y la lamentable muerte otros 1.000 compatriotas; por fortuna la recuperación de unas 11.100 personas, ha sido motivo de mucha alegría.

No se trata de llorar sobre leche derramada ni asumir la fácil posición de criticar a posteriori. Se trata de identificar algunas de las lecciones que deja esta inesperada calamidad. Es conocido que en las épocas de crisis es cuando se revelan las fortalezas y debilidades. Como en los quebrantos de salud, en los que la gravedad de los síntomas, dependen del grado de fragilidad del enfermo.

Esta pandemia nos ha mostrado, con toda claridad, las características de lo que hemos construido durante los recién cumplidos 200 años de vida republicana y por lo menos los últimos 60 años de políticas sociales y económicas guiadas por las luces de muy ilustrados y bien intencionados expertos, nacionales y extranjeros, con las más distinguidas trayectorias académicas.

Una de las más dramáticas ha sido nuestra incapacidad de ofrecer suficientes oportunidades de empleo a nuestros compatriotas. Aproximadamente la mitad de los ocupados lo hacen en los cruces de las calles y en los andenes rebuscando las maneras de satisfacer sus necesidades del día a día. De otro lado, alrededor del 80% de los más afortunados con empleos formales, laboran el una multitud de mipymes.

Cuando a los primeros se les ordena evacuar el domicilio donde ejercen sus actividades y a las segundas se les priva de sus fuentes de ingreso, no debe sorprender que en unas pocas semanas se hayan perdido algo más de 5 millones de empleos formales, al mismo tiempo que a los informales se les obligó a tomar vacaciones colectivas forzosas.

Más grave aún, es que parte de la pérdida de esos empleos formales podrían no ser recuperables, de hecho se calcula que más de la mitad no lo será. Millares de pequeñas y medianas empresas han llegado a tal estado de debilidad financiera que deberían ser atendidas en unidades de cuidados intensivos, pero sus impotentes gestores y empresarios las deben mantener en casa.

Es muy posible que muchas de ellas, calculo que al menos el 80%, mueran mientras les llegan los primeros auxilios.

Tal vez ese sea el más notorio de los síntomas que ha revelado esta cuarentena. Pero son muchos más. Algunos, incluso, se podrían sugerir en unas apretadas y sucintas líneas.

La seguridad de las vidas y bienes de los ciudadanos se ven amenazadas a diario. El sistema judicial sigue a la espera de una reforma y de que la muy recomendada transformación digital, se asome a sus despachos y empiece a ahuyentar los demonios de la ineficiencia y su escondida corrupción.

Mientras llega, los empleados de la rama judicial recurren a los paros para pedir más recursos y mejores compensaciones. A los que logra juzgar y condenar los envía a unas cárceles tan hacinadas de presos como de corrupción y ahora de coronavirus.

Los calvarios y las colas para obtener los servicios de salud y las eternas crisis financieras, de las que prestan los servicios, conforman una precaria estructura hospitalaria.

Los maestros de los millones de niños protestan en búsqueda de mejores condiciones mientras que los entes de control luchan por descubrir y condenar a quienes se roban los almuerzos escolares. Los universitarios promueven sus paros para protestar por el derrumbe de las estructuras físicas y reclaman más recursos para una educación exclusivamente presencial cada día más obsoleta.

La mayoría del aparato productivo está constituido por micro, pequeñas y medianas empresas dedicadas a servir unas clientelas parroquiales y con unas limitadas capacidades tecnológicas y productivas, no tiene capacidad de competir a escala global. Por ello, los intentos para mejorar la productividad son infructuosos y nuestras exportaciones se fundamentan en los bienes primarios que nos brinda la madre tierra.

La que si crece, de manera ininterrumpida, es la fronda burocrática con salarios y prebendas subiendo en ascensor y constituyendo una clase privilegiada con sus exorbitantes compensaciones.

Al mismo ritmo crecen los impuestos y el endeudamiento; además se volvió corriente el expediente de suplir con deuda la incapacidad de las recurrentes reformas tributarias para llenar los bolsillos rotos del gasto gubernamental, entre el que con frecuencia se camuflan los bolsillos sin fondo de los corruptos.

El Covid–19, palabras más, palabras menos, ha desnudado nuestra condición de país pobre y nos ha mostrado cómo el camino recorrido ha sido un tortuoso recorrido por los senderos que dan vueltas dentro del mundo en vías de desarrollo. La forma como hemos logrado esa permanencia no puede continuar.

La renovación y la reinvención, que se recomienda por todas partes, deben empezar por cuestionar la manera como hemos venido administrando nuestra permanencia en el tercer mundo. De no hacerlo, el próximo bicentenario lo celebraremos en las mismas condiciones. ¡Que horror!

Alfredo Ceballos Ramirez
MBA Stanford University y DBA Harvard University
Presidente y Fundador de Iara Consulting Group.

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