Alan Franco creció y se formó en el complejo del Independiente del Valle



Dejar a su familia a los 10 años fue el mayor sacrificio que ha hecho Alan Franco por el fútbol. El mediocampista de Independiente del Valle abandonó Jujan, en Guayas, con el sueño de ser profesional. Llegó a Guayaquil, al club Norteamérica, para probar suerte.

No fue fácil, extrañaba a sus padres y a sus hermanas. Tanto, que por momentos dudaba con seguir el recorrido que lo llevó hasta ser profesional.

“Vivía en el complejo del Norteamérica con otros chicos. Fue duro, porque a esa edad quería jugar, salir a la calle y tener una infancia normal”, recuerda Franco.

Pero esa primera experiencia hizo que la adaptación en Chillo Jijón sea más llevadera. De los chicos con quienes llegó a Sangolquí, solo uno se quedó con él en el equipo de Primera.

“Lo que viví en Guayaquil me fortaleció. Llegué al equipo con varios chicos del Norteamérica. Eso hizo que mi adaptación sea fácil. Nunca me sentí un extraño en el club”, asegura Franco.

Washington Corozo es el único de sus amigos que se quedó junto a Franco. Ambos fueron creciendo en Sangolquí. Por eso aseguran que los pasillos, las habitaciones y las canchas de Chillo Jijón los vieron triunfar en las categorías juveniles.

“Pasé parte de mi infancia ‘encerrado’ en el complejo. No tuve las mismas vivencias de otros niños, pero hice amistades sanas y duraderas gracias al fútbol”, asegura Franco.

El argentino Guillermo Duró se transformó en una especie de padre para los juveniles. El estratega trabajaba con la plantilla estelar, pero en su tiempo libre la pasaba más con los chicos de la Sub 12.

“Duró fue como un padre. Estaba pendiente de nosotros todo el tiempo. Nos acompañaba en la noche a ver películas o nos compraba golosinas para que las compartiéramos entre todos”, cuenta.

Su debut como profesional coincidió con el momento dulce que vivía el club en la Copa Libertadores 2016. Tres días antes de la primera final, ingresó al cambio para reemplazar a Jonathan González.

“Recuerdo bien ese día. Fue el 17 de julio. Me ‘bautizaron’ como a todos los que debutan. Júnior Sornoza y González fueron los encargados de afeitar mi cabeza”, dice sonriendo.

Ese año, Franco vio de reojo cómo el equipo del entonces DT Pablo Repetto disfrutaba de las mieles de la Copa. Tres años después, ahora él vive esa experiencia.

Es finalista de la Copa Sudamericana. Le marcó goles al Caracas FC y a Universidad Católica de Chile. Es protagonista en el equipo que dirige el DT Miguel Ángel Ramírez.

“Todo jugador sueña con ganar títulos. Cuando era niño me imaginaba jugar Libertadores y Sudamericana. Siempre pensé que me podía tocar, pero no tan rápido como me está sucediendo”, dijo el mediocampista. La segunda final ante Atlético Nacional la vio por televisión, en el complejo.

En tres temporadas ha pasado por la dirección técnica de Repetto, Alexis Mendoza, Gabriel Schürrer, Ismael Rescalvo y ahora Ramírez. Todos han marcado su carrera.

“Debuté con Repetto, pero con Schürrer me consolidé. Él fue quien más confió en mí y me permitió demostrar mi fútbol”, aclara el volante guayasense.

Los que lo conocen, aseguran que su mejor virtud es la entrega que pone en los entrenamientos y partidos. Es de esos jugadores que desde que llegó a primera pelea todos los días para mantenerse.

De niño, en su barrio natal en Jujan jugó de defensa, de delantero y hasta de arquero. Sus primeros golpes al balón los dio en la calle, entre los amigos de travesuras y aventuras. De ellos le quedan pocos.

Ahora su prioridad es pasar a la historia con los rayados. Colgarse la medalla de oro en el cuello sería la consolidación y el fruto de sus sacrificios y su esfuerzo.

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