Sarajevo, la Jerusalén de Europa, 24 años después del asedio – Otras Ciudades – Colombia



Fueron 125 días de excavaciones. Sudor, cuerpos con llagas, heridos y hasta el temor latente de que su actividad bajo tierra no saliera a la superficie y les costara un bombazo, un ametrallamiento.

Las mujeres y hombres que en 1993 comenzaron a mover carretillas, picas y palas para abrirle camino a la esperanza en medio del hambre y el aislamiento son los abuelos que hoy resguardan la memoria de tres largos y sanguinarios años de asedio (1992-1995), de guerra.

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Son sobrevivientes que les heredan a sus hijos y nietos –algunos para entonces pequeños que vieron morir o quedar mutilados a varios de los suyos en los salones de clase– las historias de un pasado que hasta hoy perdura en paredes, en el asfalto, en el recuerdo.

Sarajevo carga con el rótulo de haber sido el epicentro de la guerra contemporánea más violenta, más cruda: 1.425 días de confrontaciones. Y al mismo tiempo se resiste a que esos capítulos de su historia se queden para siempre en el olvido.

“Desde una de mis ventanas, ahí por esa por donde se ve el Puente Latino, el mismo en el que estalló la primera gran guerra, veía cómo desde las colinas tanques y cañones inmensos apuntaban contra mi casa, contra las de mis vecinos. Y disparaban en cualquier momento. Fueron años en los que lo mejor siempre fue dormir, vivir, en el sótano del edificio”.

Esas palabras surgen con nostalgia de la boca de Aida, profesora y librera que en los albores de su ingreso a la tercera edad mira al piso cada vez que recuerda ese pasado. “Claro que ahora se puede salir por una cerveza a cualquier hora y no pasa nada”, enfatiza.

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Ella, al igual que otras 115.000 personas (eran unas 400.000 antes de la guerra) que por miedo o imposibilidad no pudieron abandonar la ciudad en medio del asedio de las fuerzas bélicas de Serbia, sabe que olvidar no es una opción.

Por eso, a pocas cuadras de su vivienda, la misma desde de la que se ve el simbólico puente que pasa por encima de las aguas del río Miljacka –escenario en el que en 1914 le dispararon al archiduque Francisco Fernando de Austria–, está la llamada frontera multicultural de Europa.

Una línea imaginaria que parte en dos –algunos dicen que en cuatro– el emblemático centro histórico de Sarajevo. En unos 400 metros cuadrados de calles peatonales conviven musulmanes, católicos, ortodoxos y judíos, con sus ritos y hábitos, como en una suerte de mensaje de que sí es posible la convivencia en la diferencia.

Allí mismo, en medio de burkas, gafas de sol, comercios, todos los sexos y cientos de turistas capturando desde sus teléfonos celulares cada imagen que ven al caminar, se levantan sinagogas, catedrales, mezquitas e iglesias. Cada una igual de tradicional que la otra para hacer que a Sarajevo se le considere la Jerusalén de Europa.

El punto exacto de la división y al tiempo de encuentro está en la calle Ferhadija y la fórmula es simple: al oriente está el Sarajevo otomano y al occidente, el Sarajevo austro-húngaro.

Siete centurias de presencia

Así es el caso antiguo, el llamado barrio Bašaršija, ubicado en el mismo sitio hace más de 7 centurias y con distinciones arquitectónicas en las que aún se ven vestigios de las balas de tanques y ametralladoras marcadas en las paredes y potenciadas por una marca inalterable en algunos suelos.

Es la rosa de Sarajevo, una pintura color rojo en forma de flor que marca el punto exacto donde los ataques serbios dejaron tres o más muertos de un solo envión. Hay cientos por toda una ciudad en la que se destruyeron 35.000 edificios y que recibía un promedio de 330 impactos de bala diarios.

Pero la misma gente le pide a quienes visitan Sarajevo que desde el centro tomen la ruta 3 del servicio de tram, que paguen los 1,60 marcos bosnio-herzegovinos del pasaje –unos 3.000 pesos colombianos (menos de un dólar)– y vayan hasta la estación Ilidza, a unos 40 minutos.

En ese punto es necesario pagar otros 1,60 marcos locales del autobús señalado con la ruta 32: Butmir-Ilidza-Kotarac. Son 6 paradas hasta llegar a Donji Kotarac.

Desde ahí solo basta con caminar 10 minutos para llegar al punto más estremecedor de una guerra que en esta ciudad dejó más de 11.540 víctimas entre el 5 abril de 1992 y el 14 diciembre 1995.

Y en algunos corazones está el rencor contra su antiguo hermano yugoslavo, pues tras el referendo independentista de 1992 quedó fuera de los dominios serbios lo que hoy es Bosnia y Herzegovina.

En el túnel de la Esperanza

Ese punto se conoce como Túnel de la Esperanza y está ubicado en el número 1 de la rebautizada calle Tuneli, propiedad en su momento de la familia Kolar. Está al lado del Aeropuerto Internacional de Sarajevo, y en sus paredes y en las de varias casas vecinas la guerra aún es visible 24 años después del fin del asedio.

Sus cerca de 800 metros de longitud, con una altura de 160 centímetros y una anchura de un metro, se abrieron durante los 125 días mencionados al comienzo de estas líneas. Por esta estrecha cavidad entró un soplo de esperanza cuando se unieron a través suyo los barrios de Dobrinja y Butmir (donde está la casa de los Kolar).

El primero estaba ubicado en la parte sitiada de la ciudad; el segundo, en la entonces llamada zona libre y en la que tropas acreditadas por las Naciones Unidas hacían presencia. Y en medio de los dos sectores, y justo por encima del túnel, la única pista que en ese momento tenía el aeropuerto de Sarajevo.

Actualmente, solo están abiertos los metros finales del túnel, por el lado de la casa Kolar, donde se erigió desde 2012 una trinchera para la memoria. Un espacio donde el olvido no tiene cabida y la realidad se construye a partir de las vivencias del pasado.

Se estima que por ese minúsculo espacio por donde se abrió camino una oportunidad de paz cruzaron alrededor de 2 millones de personas durante unos 30 meses: heridos, mutilados, funcionarios, soldados y seres humanos que solo querían vivir. De hecho, en las tres bóvedas que aún se levantan y los metros abiertos al público revive la forma como medicinas, armas y alimentos pasaron por este lugar, que se erigió para hacerle el quite a la muerte. Es un punto hasta donde las huellas de los bombazos de la guerra hoy son parte de la exposición.

Pero la construcción de memoria no para ahí. A solo 30 minutos y a otros 1,60 marcos locales, está el emblemático hotel Holiday Inn. Sus instalaciones pasaron de albergar delegaciones de los Juegos Olímpicos de invierno de 1984, a ser la vivienda de los reporteros que 8 años después de ese evento acudieron a cubrir la guerra.

Sus colores vivos y su estructura imponente de hoy contrastan con las instalaciones desvencijadas que dejó el asedio a Sarajevo y que en los días de guerra hizo que a la vía Zmaja od Bosne –la principal arteria de la ciudad, donde se ubica el hotel– fuera bautizada como la Calle de los Francotiradores.

Por la cantidad de edificios altos, la zona se convirtió en el sitio predilecto de soldados de las tropas del asedio para matar de un solo tiro a todo aquel que estuviera al alcance de su mira. Pero ahora su renacer se ejemplifica, entre otras muchas cosas y en sus gentes, en que allí decidió instalarse la Embajada de Estados Unidos.

Una ciudad hecha memoria

Y a menos de 500 metros, con vidrios de azul tornasolado y más de 20 pisos de altura, está la construcción que se conoce como el Edificio de la Amistad Grecia-Bosnia y Herzegovina. Se levantó en 1974 y albergó a varias sedes de los gobiernos de la etapa previa a la guerra, hasta cuando los constantes bombardeos del 92 lo dejaron en ruinas y abandonado.

Ahora, nuevamente imponente y en pie desde 2007, es un símbolo de modernidad para la ciudad y tiene como vecino al parlamento local. Las imágenes que la televisión de los 90 transmitió, con toda la estructura en llamas, parece que nunca hubieran ocurrido.

Bares, museos, centros comerciales, monumentos… Silencios y ruidos, y hasta cocineros de restaurantes discutiendo por cuál prepara el mejor Cevapi –plato típico de Sarajevo– convierten a la Jerusalén de Europa en una ciudad hecha memoria. Incluso, en sus aspectos más nuevos.

“Me mudé aquí dos años después de visitar por primera vez esta ciudad en 2007, sintiendo que podría quedarme a vivir por un largo tiempo”, dice el arquitecto estadounidense Luke Edward Kasitz, citado en una guía local.

Y es que todos sus 700.000 habitantes, sin distinción de raza o religión, saben que –entre otros horrores– en febrero del 94 y agosto del 95 bombardearon el mercado local, el Markale, con el objetivo único de matar civiles: cayeron más de 100.

Por eso en las calles y viviendas hablan con certeza de que la guerra fue, no se olvida, pero que reinventarla para morir de nuevo en vida no es una opción.
No hace parte de su catálogo de esperanzas.

DANIEL VALERO
SUBEDITOR DE EL TIEMPO
Twitter: @DanielValeroR

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