David Zwirner: El galerista que tiene a Nueva York a sus pies – Arte y Teatro – Cultura



Si hay un neoyorquino poderoso en este momento es David Zwirner. Este año, fue tapa de todos los medios al anunciar que, para la galería de arte que lleva su nombre, está construyendo en el barrio de Chelsea –en la Gran Manzana– un edificio de cinco pisos de 50 millones de dólares, diseñado por Renzo Piano. No existe nada remotamente similar en el mundo del arte contemporáneo, pero se entiende: su galería factura más de 500 millones de dólares al año. Zwirner representa a poco más de medio centenar de artistas y herederos de artistas, y todos son superestrellas o lo serán en breve: Jeff Koons, Yayoi Kusama, Richard Serra, Donald Judd, Giorgio Morandi, Bridget Riley, Josef Albers, Wolfgang Tillmans, Francis Alys y Marlene Dumas son algunos de los nombres.

En los últimos cinco años, los artistas que representa han estado en cerca de 300 muestras unipersonales en museos de 40 países. Zwirner, además, armó una editorial de arte, en la que compila catálogos razonados de tal calidad y detalle que cuestan medio millón de dólares producirlos, a menudo el doble.

La ArtReview’s Power 100 (la lista de la gente más poderosa del mundo del arte), en su edición 2018, aparece encabezada por Zwirner. Y, según ‘The Wall Street Journal’, el crecimiento de su galería “desafía la capacidad de asombro”.

Zwirner empezó en 1993 con el típico espacio en el SoHo, donde él mismo a menudo atendía el escritorio en la entrada. Para 2013, se mudó a un espacio en Chelsea de 35 millones de dólares. Ahora, además del edificio que le hará Piano, tiene sucursales en el Upper East Side y otros puntos claves de Nueva York; en Londres compró la mansión que fue del marqués de Salisbury en Mayfair y la transformó en galería, y en Hong Kong, en una de las torres más emblemáticas, compró mil metros cuadrados en dos pisos y los inauguró en enero.

“Se lo debo a que escucho a mis artistas”, dice sonriente, mientras posa con su particular corte de pelo que el ‘New Yorker’, hablando del imperio que Zwirner creó, no tuvo problema en describir como “estilo Julio César”.

¿Tiene fórmulas estilo: “el secreto de mi éxito…”?

Lo logrado por el trabajo de un cuarto de siglo. Lo que me ayudó fue que pude elegir artistas que tuvieron un crecimiento internacional enorme. A medida que ellos crecían, nosotros crecíamos. Una galería solo es tan buena como los artistas que representa. Por eso, cuando estos vienen con una idea que suena loca, aprendimos, en lugar de descartarla, a analizarla cuidadosamente y ayudar a concretarla. Si hubo errores, fue cuando no lo hice así.

Pero sostiene que su principal guía es el ‘taste’, el (buen) gusto. ¿No es un concepto pasado de moda?

Yo tengo que decidir qué me gusta y presentar eso a mi público. Uso mi buen gusto, por llamarlo de alguna manera, para tomar esas decisiones. Si una y otra vez presento cosas que no tienen un comprador y no resuenan con el público, es difícil que pueda sobrevivir como galerista. Creo que el gusto es la posibilidad de tomar una decisión intuitiva respecto de una obra, pero con una intuición que tiene muchas horas de formación detrás, y capacidad de retener información. Esto me marca en qué tengo que interesarme, aunque esté frente a una obra nueva en un medio nuevo y de un artista desconocido.

¿Qué tan de avanzada busca ser?

Ay, ser de avanzada se volvió un cliché últimamente. No todo lo bueno que se produce en el arte tiene que ser radicalmente nuevo. Por ejemplo, tenemos a un artista jovencísimo, Jordan Wolfson, que hace unas máquinas esculturales. Es de avanzada porque empuja la robótica a nuevas fronteras. Pero también tomamos a otro muchacho joven, de Brasil, Lucas Arruda. Él hace paisajes terrestres y marinos que pinta de memoria. Hay muchos elementos en sus pinturas que nos resultan familiares, que obviamente hemos visto antes. No está creando un nuevo vocabulario general en el arte, ni mucho menos. Sin embargo, con una rendición sublime de la luz y las condiciones atmosféricas está creando su propio lenguaje, que es uno que resuena conmigo.

Está haciendo una inversión sin precedente en una galería física en Nueva York. ¿Esto desmiente que el futuro del mercado del arte sea ‘online’?

El futuro ‘online’ es verdadero y creciente. Las generaciones más jóvenes quieren interactuar con nosotros de esa manera. Acabamos de lanzar una serie llamada ‘Viewing Room’, que son muestras específicamente curadas para la versión ‘online’ de nuestra galería, no existen en la vida real. Esto, además, nos permite interactuar con el público internacional que no puede visitarnos. También comenzamos una serie de podcasts para que el público pueda escuchar a los artistas con los que trabajamos. Por ahora, no somos un espacio online donde puedas hacer un clic y comprar algo importante. Si te interesa una obra, te conectamos con alguien. Son los primeros pasos que damos en esa dirección, pero ya parecen prometedores.

El gusto es la posibilidad de tomar una decisión intuitiva respecto de una obra, pero con una intuición que tiene muchas horas de formación detrás

¿Qué lo llevó, entonces, a construir la nueva galería?

Salió a la venta el terreno detrás de nuestra galería. Era una locura comprarlo, pero pensé: si se la queda otro, me voy a querer matar. Así que negocié fuerte para conseguirla. Como tanto en los negocios inmobiliarios, apareció una oportunidad y la tomamos, y ahora estoy excitadísimo al respecto.

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“Cuando David Zwirner habla, el mundo del arte escucha”, sentenció el ArtReview al coronarlo la persona más importante del año. Y se lo escucha incluso cuando dice cosas como al pasar. En una mesa redonda, este año en Berlín, lanzó la idea de que las galerías grandes deberían pagar más una suerte de impuesto para estar en las ferias, que debería usarse para subsidiar la presencia de galerías más pequeñas. Unos meses después, los medios reportearon que ferias en todo el planeta estaban preparándose para lanzar un sistema así.

En el caso de Zwirner, casi un tercio de sus ingresos provienen, justamente, de su presencia en ferias. “Son realmente importantes para nuestro negocio –sostiene–. Aunque no podemos tener galerías en todas partes, al visitar una vez al año una ciudad, se van creando las relaciones que nosotros buscamos con la gente del lugar, y a nuestros artistas les gusta también porque saben que estamos expandiendo la audiencia”.

¿Cómo ve el presente y el futuro del arte latinoamericano?

Me cuesta responder a esa pregunta porque soy de corazón internacionalista, y me da cierta reticencia eso de dividir al arte que se está produciendo ahora por regiones. Entiendo que sea algo necesario para los museos e instituciones, sobre todo para su búsqueda de apoyos financieros, pero simplifica demasiado esto de poner etiquetas geográficas. Por ejemplo, tenemos a Francis Alys. Nació en Bélgica. Vive desde hace décadas en México. Buena parte de su arte hace referencia a América Latina. Acaba de estar en Beirut, resuena mucho en Medio Oriente, y viaja por todo el mundo. Nosotros queremos ser una galería que trabaja con individuos, quienesquiera que sean y dondequiera que estén.

¿Qué le recomendaría a un artista joven que quiere vender?

Esto sí suena a un lugar común; pero lo importante, sobre todo al principio, es no pensar en vender, sino en cuál es el significado de la obra. Los artistas que son exitosos, en general, se concentran en alguna idea o un problema que quieren convertir en algo material para analizar y resolver. Para todo lo demás tienen que conseguir una galería competente. Mi recomendación para vender sería que inviten a la mayor cantidad de gente a su taller, todo el tiempo, sobre todo colegas. Es en el boca a boca que los galeristas nos enteramos quién está produciendo cosas interesantes y los artistas son un recurso increíble para llegar a otros.

¿Y cómo ve el tema de las mujeres en el mercado del arte?

Creo que ahí hemos tenido suerte. Ser galerista no solo siempre fue una profesión muy abierta a las mujeres, sino que muchos jugadores claves en la historia del arte del siglo XX fueron mujeres. En mi propia galería, buena parte del equipo más sénior es de mujeres. El tema es del lado de la producción. Históricamente las artistas vivas tuvieron precios menores que sus pares hombres. Eso es algo que hay que cerrar y el movimiento parecería ir en esa dirección. Nosotros estamos inaugurando una muestra de Marlene Dumas, que en 1987 se convirtió en la artista mujer viviente más cara. Ella tiene 65 años y sigue produciendo, y es un reflejo de todo lo que ha estado pasando.

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La gran discusión del mundo del arte en Estados Unidos fue respecto de los retratos de Barack y Michelle Obama, que recientemente se colgaron en las galerías del Instituto Smithsoniano. Son muy informales y con elementos de lucha social detrás, que despertaron grandes críticas a la vez que elogios.

¿En qué bando se ubica?

Creo que ambos retratos son fantásticos. Hay que entender la tradición en este tipo de imaginería pública que son los retratos de presidentes: aburrida y que parece realizada en el siglo XIX aunque se pinte hoy. De pronto llegan los Obama y eligen a dos artistas que están trabajando mucho, que son parte del mundo del arte actual y del discurso contemporáneo. Y hacen dos obras potentes, que cambiarán la forma en la que se representa el poder de aquí en adelante.

¿Sería un poco como los ingleses al encargar a Lucian Freud el retrato de la reina?

¡Sí! Lo que hizo Lucian Freud fue muy interesante. No trajo nada radicalmente nuevo a la pintura en sí, pero el tamaño fue revolucionario. La hizo mínima. Redujo la representación del imperio a algo impensado. En un solo gesto hizo algo muy poderoso.

Los comentadores y medios más de derecha en seguida recordaron que el artista que Obama eligió para que lo retratara había hecho unas pinturas de personajes negros decapitando a personajes blancos. Kehinde Wiley es un artista complejo e interesante. Coloca a personas negras en escenas bíblicas, históricas y mitológicas donde tradicionalmente se colocaron personajes blancos. Dentro de ese contexto están las pinturas que se criticaron. Pero para Obama hizo algo distinto, que no tiene nada que ver. Lo puso sentado en una silla rodeado de plantas. Ni siquiera usa corbata. Parece alguien a quien uno podría acercarse a charlar. No es Napoleón.

JUANA LIBEDINSKY
LA NACIÓN (Argentina) – GDA

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