200 años de la independencia de Colombia – Barranquilla – Colombia



Comenzaba mi adolescencia cuando conocí el Puente de Boyacá llevada por mi padre quien admiraba a Simón Bolívar. Me quedé mirando el pequeño puente en medio de las ondulaciones y el verdor de la tierra. Fue verdad, pensé, que existió una batalla que nos dio la independencia, entonces, recordé, que años atrás habíamos visitado en Santa Marta, la Quinta de San Pedro Alejandrino, otro paraje con un bello nombre donde en 1830 murió El Libertador.

Cuando en 1989 las noticias comentaban que Gabriel García Márquez iba a publicar una novela sobre Bolívar a la que llamaría, ‘El general en su laberinto’, se levantó una gran expectativa entre los lectores. Simón Bolívar con el sentimiento, los aromas y las descripciones de García Márquez era una conjunción insospechada. La gente, la leyó con ansias por descubrir cómo este famoso escritor de ficción, que ya era Premio Nobel con traducciones de sus obras a cuantiosos idiomas del mundo, trataría un personaje histórico de tamaña envergadura. No se resbaló un centímetro. Es lo más bello que se ha escrito sobre Simón Bolívar.

A medida que pasa el tiempo qué difícil es que la historia nos entregue otro ser con ese espíritu.

Fortalecí el amor sembrado por mi padre hacia El Libertador con aquella semblanza meticulosa, terrenal, poética, de carne y hueso que hizo el escritor. Las cosas personales, la alcoba, la cama donde pasó los últimos días que tanto llamaron mi atención durante la visita a la Quinta, empezaron a hacer parte de un hombre inteligente, generoso, desesperado y apasionadamente vivo. A medida que pasa el tiempo qué difícil es que la historia nos entregue otro ser con ese espíritu.

Alguien que trascienda la comodidad de sus muebles, el engreimiento que otorga la riqueza, el magnetismo personal, la exquisita formación académica para llevar consigo una sencilla hamaca donde descansar, entregar su fortuna e imponerse, ante la muerte de su adorada esposa, la misión titánica de liderar la independencia de América Latina. Toda una posición política de auténtica rebeldía; pelear por un gobierno y unas leyes propias.

Quinta de San Pedro Alejandrino en Santa Marta.

Foto:

César Melgarejo / El Tiempo

El 7 de agosto de 2019 se cumplen doscientos años de la Batalla de Boyacá liderada por Simón Bolívar, la que selló la independencia de la Nueva Granada de los españoles. Cómo estará de extraviado el Gobierno actual que el bicentenario de un hecho político tan significativo está pasando muy inadvertido. Ocasiones como esta son las que aprovechan los líderes de las grandes naciones para renovar los principios que condujeron a la creación y engrandecimiento de un país.

Además de Simón Bolívar, se debería enaltecer al general Antonio Nariño, al capitán Atanasio Girardot, al mariscal Antonio José de Sucre, a José María Córdoba hombres que decidieron enfrentar la muerte por la convicción política de que nadie debe ser vasallo de nadie. A mujeres como Policarpa Salavarrieta que años atrás había entregado su vida y a Manuelita Sáenz, que con su amor le salvó la vida y le sostuvo el ánimo al Libertador.

Mirada desde la distancia de dos siglos, la Independencia, al pueblo, le ha servido muy poco. De nada sirvió que Simón Bolívar echara a los españoles que nos arruinaban con altos gravámenes y nos imponían sus leyes si quedamos en manos de los caciques locales que, llevando en la sangre la discriminación y la voracidad peninsular han ejercido el poder tan cruelmente como los realistas devastando la selva, desecando los ríos, removiendo y extrayendo las riquezas de las entrañas de la madre tierra que tanto él defendió. Estrangulando al pueblo con más impuestos. Impidiendo con una violencia que dura los mismos 200 años que los pobres puedan tener a uno de los suyos en la Presidencia. Qué vergüenza, si supiera cuántos gobernantes están hoy involucrados en la corrupción y el narcotráfico y, cómo hoy, como en aquel entonces contra los españoles, nos matamos entre nosotros mismos. Qué lejos estamos de ser lo que soñó para el Continente.

“Vámonos, volando, que aquí no nos quiere nadie”, lo citó magistralmente García Márquez. Una conclusión dolorosa de desencanto sin pizca de intelectualismo de quien lo había dado todo, literalmente, por amor a la libertad. La Quinta de San Pedro Alejandrino, en Santa Marta, acariciada por la brisa del mar Caribe, irradia magnificencia desde lejos, también soledad y una sobrecogedora ingratitud.

Lucero Martínez Kasab
Especial para EL TIEMPO
Barranquilla
luceromartinezkasab@hotmail.com

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